En
abril del 2008
llegué a Coruña. En un mes y fracción cumpliré dos años radicando
en esta parte del mundo. Un dato curioso es que desde que me salí
formalmente de la casa paterna, no he vivido más de dos años en un
sólo lugar: dos años en Cuernavaca y dos años en Monterrey. Ahora
cumplo dos años en Coruña. Y lo más extraño es que en mi
percepción, los dos años de Cuernavaca fueron extensísimos, llenos
de viviencias y de crecimiento personal. Los dos años en Monterrey
se me fueron más rápido, y aunque no los sentí tan apasionados por
los dos anteriores, también fueron colmados de emociones, aventuras
y aprendizaje. Y ahora casi se han ido dos años más de mi vida en
esta nueva empresa. ¿El balance? Confuso. Por un lado encuentro que
varios de mis sueños y propósitos de vida se han ido cumpliendo:
desarrollar software libre, viajar por el mundo, conocer e
interactuar con gente asombrosa; pero por otro lado, no me siento
satisfecho. Me encuentro en un estado constante de insatisfacción.
Es como tener la sensación de que, independientemente de dónde me
encuentre, debo estar en otro lugar, ocupado en otra actividad.
Pero al mismo tiempo siento una pereza inconcebible por cambiar mi
usual inamovilidad. Por ejemplo, la mudanza que llevo dilatando por
meses (aunque ya ahora tengo pasos dados), o las intensiones de
regresar a la literatura más formal.
Pero el propósito de este apartado no era un balance de los dos
años en España. Es algo más inquietante para mi. Cuando volamos
para Bruselas el fin de semana pasado, Claudio me mencionó que
después de los dos años de residencia en España, viniendo de un
país latinoamericano, es posible
aplicar para la nacionalidad.
A pesar de ser un creyente de los conceptos como aldea global,
ciudadano del mundo y un mundo sin fronteras, siempre me he asumido
como mexicano y jamás pasó por mi mente adoptar otra idiosincrasia.
Y la idea de abandonar lentamente mis ataduras a México y optar por
otras de otro lugar, me resulta avasalladora. Pero seamos
racionales. ¿Qué es la nacionalidad? En su forma más simple es un
término legal para establecer la juridicción que tiene el estado
sobre una persona, y la protección que ésta obtiene de dicho
estado. Nada más. Desde esta perspectiva, como observó Sole, la
nacionalidad es un papel más que te simplifica muchos trámites,
haciendo luego la analogía entre matrimonio y nacionalidad: estar
casado ente la ley no implica un compromiso de pareja, es un
recurso legal que simplifica varias actividades sociales. Si vives
y te desenvuelves en un entorno fijo, lo mejor es que también
participes en los mecanismos de decisión de esa comunidad.
Sin embargo, desde que me planteé estos problemas de nacionalidad,
cuando leía sobre los mexicanos que van a los Estados Unidos y allá
radican, pero no se integran a la sociedad norteamericana, no se
esfuerzan en aprender inglés ni en adoptar las costumbres locales,
sino por el contrario, forman sus barrios y sus réplicas en pequeño
de su México, me daba vergüenza y tristeza. Lo pensaba de manera
reflexiva: si un extranjero llega a México y se queda a radicar,
para mi sería importante que él se integre a la dinámica social
mexicana, que se integre, que se asimile y sea parte de ella: que
coma chile, que entienda albures, que guste del mariachi, la música
norteña, que se arrobe ante la indómita naturaleza y que intente
digerir toda la cultura existente. En pocas palabras, que se
esfuerce por ser un mexicano... con un plus: que inocule las cosas
positivas de su idiosincrasia y critique con vehemencia lo que ve
como insidioso. Y eso mismo quisiera que hicieran los paisanos que
se van a Estados Unidos. Y eso mismo quisiera hacer si me decido
optar por la nacionalidad española.
Sé que tendría la doble nacionalidad, que no perdería la
nacionalidad mexicana, pero me causa una sensación de congoja la
visión de relegar mi origen en un segundo lugar para involucrarme
en la sociedad que me da acogida y que espera de mi un compromiso
de vinculación. Por otro lado, la sociedad gallega me gusta mucho,
su verdor, y ya hasta me gusta su lluvia, me gusta su comida, sus
tascas, sus playas y sus bosques. Me gusta la tranquilidad con la
que se vive y me gusta la carencia de formas exageradamente
corteses y hasta zalameras como las del mexicano. Como diría Manu
Chau: "Me gusta la Coruña. Me gustas tú".